jueves, 26 de julio de 2007

En Busca del vacio


Empty yourself,
so that you may be filled.
Learn not to love,
so that you may learn how to love.
Draw back,
so that you may be aproched.
St. Augustine
Narration on psalm 30:30


Han transcurrido varios meses desde que silenciosamente y a través de la ventana observo el proceso de demolición que sucede frente a mi casa. Aparentemente la construcción de un nuevo condominio exige la destrucción de lo que alguna vez fue una fabrica, ahora en desuso.
Mi atención, atraída por una suerte de magnetismo, regresa incontables veces al lugar de los hechos donde minuto a minuto un objeto visible, que hace tan solo un instante ocupaba un lugar en el espacio, termina por desaparecer.
Se preguntaran que tienen en común el proceso de demolición de una fábrica y el concepto de bien-estar.
Constantemente pensamos que el bien-estar es algo que tenemos que agregar a nuestra vida, en otras palabras, algo externo: una pastilla que podemos comprar en la farmacia más cercana, una crema de la eterna juventud, un bisturí con la capacidad de dejarnos perfectos bajo el sol.
El tiempo transcurre y ninguna de estas pócimas mágicas que prometen el mejor resultado en el menor tiempo posible, nos proporciona la satisfacción que inicialmente buscábamos; por el contrario nuestra ansia de belleza y perfección se fortalece generando más deseo y frustración.

Detengámonos por unos instantes. Observemos detenidamente el funcionamiento de nuestra mente. Estamos llenos de información, imágenes e ideas que en un flujo ininterrumpido pueblan nuestro interior. El ruido es tal que nuestra mente se encuentra en un estado total de parálisis. Peor aun; las ideas no se detienen, nunca dejan de llegar.
Si tratásemos de seguir el tren de nuestros pensamientos, en un día como cualquier otro, ya sea en el coche de camino al trabajo o cundo creemos estar mas relajados dándonos un baño de agua caliente, notariamos como nuestra atención se divide y subdivide infinitamente, impidiéndonos observar la trayectoria de un solo pensamiento de principio a fin. Nos daríamos cuenta de la cantidad de pensamientos que a manera de coleccionistas acumulamos. Inefables pensamientos como pequeños soldaditos de plomo dispuestos a atacar a la menor incitación. Nos daríamos cuenta también que esta poderosa fuente de distracción nos priva de lo único que realmente nos pertenece: el momento presente.
El siempre estar preocupados por lo que ya sucedió y lo que aun no existe nos genera ansiedad. Esta ansiedad enciende la llama de nuestras frustraciones; nuestras pasiones, enojos, resentimientos y miedos crecen desmedidamente y abrumados con tantos
estímulos, abandonamos el momento presente que pasa absolutamente inadvertido: Comemos sin saborear, vemos sin observar, oímos sin escuchar, amamos sin sentir.
La vida, en una pasarela de sombras, transcurre sin que podamos percibir lo que es real.

La búsqueda de bien-estar es un proceso en cuyo centro yace la honestidad. Es necesario liberar el espacio ahora ocupado para dar lugar a este proceso. En otras palabras; es imposible llenar de agua un vaso que ya se encuentraba lleno. Bendita “la gota que derrama el vaso” pues en ella radica el heraldo del cambio.
Es necesario limpiar la mente, desprenderse del conocimiento adquirido; de su ruido y resonancia ya que solo en silencio se puede realmente escuchar.

Todo en esta vida tiene su principio, su desarrollo, su clímax y su desenlace; así también todas las historias que, con singular ingenio arquitectónico, edificamos para entender quienes somos, por qué estamos aquí, cómo funciona el mundo que nos rodea y qué nos espera después de la muerte.
Todos estos conceptos que a manera de muletillas soportan el constructo de nuestra identidad están sujetos a este proceso y tienen, triste o felizmente, fecha de caducidad.

Así como la vieja fábrica cuya estructura ya en desuso deberá desaparecer para dar lugar a algo hermoso y funcional, así también nuestra mente necesita del vació para poder regenerarse.
El problema radica en que somos seres sumamente inseguros y nos aferramos a los más diversos y en muchas ocasiones disfuncionales constructos, con tal de sentirnos protegidos.
Hoy, el proceso de deconstrucción que por cinco largos meses modifico diariamente el panorama desde mi ventana llego a su conclusión. Por la mañana, mientras esperaba que hirviera el agua para el té, el esqueleto de varillas y concreto se erguía imponente y la vez pudoroso frente a mis ojos. Por la tarde; tan solo unas horas después, nada quedaba ya.
De aquella inmensa oquedad no sobrevive siquiera la memoria de lo que alguna vez fue. Intente varias veces reconstruir la presencia de la fabrica pero el vacío era tan vacío que la fragmentada imagen no tenía de donde agarrarse, simplemente le crecieron alas y echo a volar.
Por unos instantes todo fue quietud y pude observar en ese silencio visual, en aquella ausencia de definición, la arena propicia para la gestación. Pude ver el infinito en posibilidades que se abría paso del otro lado de la calle y entendí que no hay nada que agregar, que construir sobre lo construido solo causa confusión.
Lo que hace falta es tener la energía adecuada para volcar la mirada hacia el interior y con diciplina aprender a discernir para luego extirpar de raíz aquellas estructuras raídas por el paso de los años que bloquean nuestro crecimiento. Y por encima de todo, aprender a guardar silencio, perderle el miedo al vació y saber esperar.

1 comentario:

Unknown dijo...

Que te digo, que te escribo..... en hora buena, es una delicia escucharte de nuevo.
Escribe, yo te leere, no prometo lo opuesto, no prometo comentar mucho....pero debes saber que seguiras llegando a mi mente y a mi corazon....
Disfruto imaginarte, pensarte y sentirte, que sepas que cuando te leo estamos teniendo una conversacion, rica de esas que tenemos...

Es una delicia escucharte de nuevo.......